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01 mayo 2018

24 años de la muerte de Ayrton Senna, el mejor de la historia en la F1

 

Dos hechos de las horas previas a esa cena marcarían los últimos momentos del piloto brasileño tres veces campeón del mundo, como narra la reconstrucción del periodista italiano Giorgio Terruzzi La última noche de Ayrton Senna, publicada ahora por Contra. En la prueba clasificatoria de ese día, el austríaco Roland Ratzenberger había perdido la vida al salir de la pista y chocar frontalmente contra un muro. El shock añadido era que la Fórmula 1, el espectáculo del riesgo permanente, se había desacostumbrado a la muerte. Al menos durante un fin de semana de Gran Premio: hacía 12 años que no se producía ningún accidente mortal.

Nada más enterarse, Senna sintió que debía hacer algo. Se metió en el coche de seguridad y en él llegó hasta el lugar donde los médicos trataban de impedir la muerte del austríaco. Lo que hizo Senna estaba prohibido, y la federación le sancionó por ello. Pero además del mayor defensor público de la seguridad de los pilotos, el brasileño se sabía líder. Simplemente tenía que estar allí, junto a Ratzenberger.

Sid Watkins, el neurocirujano ángel de la guarda de la F1, le dijo: “Ayrton, no corras mañana. Vamos a pescar”. En realidad, el brasileño solicitó a la organización la suspensión de la carrera del día siguiente. La respuesta, no.

Desde el circuito, Ayrton llamó por teléfono a su novia, Adriane Galisteu. Llevaban juntos un año. Le dijo que no quería correr. Se fue al hotel donde solía hospedarse siempre antes de Imola, siempre en la misma habitación, la suite 200.

Allí se presentó, poco antes de la cena, su hermano Leonardo. Traía una cinta con una grabación telefónica en la que Adriane hablaba ambiguamente con una expareja. No era ningún secreto para el piloto que su familia -muy familia para bien y para mal- no aprobaba la relación con la chica que trabajaba como azafata y modelo. Nunca sabremos lo que pasó por la cabeza de Senna al volver del restaurante a la habitación, pero la reconstrucción de Terruzzi es minuciosamente plausible.

Los cero puntos que llevaba esa temporada tras un rival, Michael Schumacher, que irrumpía tras la retirada de Alain Prost. La Biblia sobre la mesilla de noche. Sus benestantes orígenes. Su apuesta por el automovilismo que le hizo trasladarse junto a su esposa a Londres a los veintipocos. El poso de egoísmo que le dejó aquel primer fracaso sentimental. Una separación por teléfono. Las veces que se ha bajado de su monoplaza para ayudar a otros pilotos accidentados. La victoria en Detroit el día siguiente de la eliminación de Brasil por Francia en México’86. Ordem e progresso. El amargo resentimiento de Nelson Piquet contra él y los rumores esparcidos sobre su homosexualidad. El compañerismo de Gerhard Berger. La fascinación que sentía por el personaje de la serie manga de dibujos animados Meteoro. Adriane. La duda. Su familia y la vulnerabilidad.

También aquel momento en el que sacó a Prost en la primera curva del Gran Premio de Japón del 90. Fue a propósito y fue a más de 250 kilómetros por hora. Un fuerte golpe, una nube de polvo y dos rivales que se marchan de lugar en dirección opuesta. Aquel día, además de la vida, se jugó la imagen pública. No le importaba, comparado con la injusticia que creía que había en la organización contra él. Esta era, probablemente, su justicia. Una que, ya tiempo antes de aquella noche en la suite 200, supo que manaba también de su lado oscuro. ¿El diablo contra el que Senna podía contar también desde hacía tiempo con Dios de su lado?

Le esperaba la séptima vuelta a la mañana siguiente. La curva Tamburello. Iba líder. El planeta contuvo la respiración ante el televisor. Un movimiento de cabeza que todos quisimos creer como la prueba de que Ayrton estaba bien, pero el mejor piloto de la historia estaba herido de muerte…

HASTA SIEMPRE, CAMPEÓN…

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